Anajirawa
domingo, 25 de febrero de 2018
Why learn English?
Barú, Cartagena
Febrero 8, 2018
Sequé el último plato del balde de agua para juagar después de cocinar una pasta con tomate, zanahoria y atún de lata que comimos Elisa y yo y me tumbé en mi colchón inclinado por los tamaños desiguales de las 6 cajas de cerveza que lo sostienen. Es mi tercer día de mi primera semana de clase, con niños, y estoy exhausta. Faltan aún dos días para acabar la semana y más de 300 días para acabar el primer año. Dicté cinco horas de inglés a los de 10b, que realmente fue a 10a y 10b porque aun no ha llega un profesor que cubra la dirección de grupo de 10b, a los de 7b, a los de 9a, que son 42 estudiantes y los de 11. Los de 11. Son un grupo de 51 estudiantes pero hasta ahora solo han llegado 15. Porque ajá. Tienen edades desde 14 hasta 21. La mayoría ya trabajan, ya sea como mototaxistas, o como cuidanderos de fincas, o como pescadores, o haciendo mandados, o como vendedores de cualquier cosa en las playas aledañas, entre otras labores. Me llevan un promedio de dos cabezas y altura y una espalda de grueso. Les da igual si entran a una universidad o no y aprender inglés tiene poco significado pues, hasta ahora, se han podido comunicar lo suficientemente bien con los turistas para ganarse su plata.
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El lunes conocí a 10a, mi dirección de grupo, junto con 10b, porque no había con quién dejarlos, entonces entraron a mi salón. El horario no estaba listo pues, por la falta de profesores y el intento que no sobrecargar a ninguno, el tetrix de cuadrar los horarios, más el inexistente afán barulero, resulta en un día de clases perdidas. Decidimos, entre los profesores, hacer actividades cada uno con su dirección de grupo de bienvenida e inicio de clase. Entré a mi salón “coral de piedra” con muchos nervios. Era altamente probable que llegara el 5% de los estudiantes, por mucho. Pero igual ese 5% sería mi primera impresión que repercutiría en el 95% faltante y el resto del año. Llegaron once. Ellos, igual que yo, estaban ansiosos por saber quién era yo y, seguro, querían medirme el aceite. Soy de Bogotá, vengo con el programa Enseña por Colombia, “aaaaah ya, igual que el profe Carlos”, el profe Carlos es un ECO que dictó inglés el año pasado y fue trasladado a Montería. Con él me he estaba hablando e intercambiando experiencias y tips así como planeaciones, actividades y temáticas vistas en clase con él. “Seño y uté cuánto tiempo se va a quedá?”, “Estaré con uds por dos años” , “mmmm vamoaver cuánto va durá uté, eso siempre dicen”. Los profesores llegan acá y tienen una tasa de deserción incluso más alta que los estudiantes mismos, abandonar su trabajo, y con él sus estudiantes, es la regla general, no la excepción.
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Escribí en el tablero: 1. Me gusta mucho hacer deporte, 2. Soy alérgica a las mentiras, 3. Solo entiendo palabras con amor y respeto. “Estas son las tres cosas que quiero que sepan de mí, quiero que las sepan y las entiendan y yo quiero saber las tres cosas más importantes de ustedes”. Cuatro de los once decidieron compartir sus tres datos; les gusta mucho bailar, les gusta la música –a todos les cuelgan audífonos del cuello y a muchos, incluso, la música alcanza a oírseles a un metro de distancia-, a más de uno no le gusta que les griten pero manejan un tono de voz de altísimos decibeles que no logro reconocer cuándo es un grito o cuándo es un tono normal, les gusta el deporte –sobretodo el futbol- y no les gusta que les cojan las cosas, y sobretodo que no las devuelvan. Les repartí otro papel “este no lo van a marcar con su nombre, en este quiero que escriban solo una cosa que quieran que yo sepa de ustedes, una confesión, algo para yo poder entenderlos mejor pero que puedan hacerlo anónimo” “Seño, qué es anónimo?”. Niños que 10, tienen entre 15 y 17 años y no saben qué es anónimo. Recogí los papeles, los guardé para leerlos por la noche.
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Construimos entre todos las condiciones para que el salón funcionara, votamos cuáles son y cómo escribirlas en positivo, no en negativo y Wendy las escribió en una cartulina “1. Tratarnos bien, 2. Ser puntual, 3. Ser honestos y claros, 4. No devolver el golpe”. Lo pegamos al lado del salón y todos firmaron. Ninguno se cumple.
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El martes comenzó con la repartición de horarios. Más de 30 horas de inglés semanales a 10 cursos distintos, cada uno con un promedio de 46 estudiantes lo que suma alrededor de 350 estudiantes para mí. Soy la única teacher de inglés del colegio, entonces me toca también cubrir primaria con 4to que es jornada de la mañana. Los huecos de inglés lo cubren los demás docentes que poco o nada de inglés saben e improvisan, como lo hacen mucho en sus propias materias, 1 hora de clase a los pelaos. Mi apuesta, después de leer muchos artículos y teorías sobre la enseñanza de un segundo idioma, a dar las clases 100% en inglés. 100%. Ni una palabra en español a pesar de las súplicas, rechazos, gritos, groserías y bloqueo de los estudiantes. Esto, con el fin de acostumbrar su oído, de hacerlos sentir el idioma tener un mayor contacto más allá del que tienen sobre todo de encuentros con turistas o de música en inglés que tararean con palabras en español que les cuadra en el ritmo. Logré ese 100% la primera semana y fue un fracaso total. Lo reconozco. Más del 80% del tiempo lo perdía logrando su atención para perderla casi inmediatamente al escucharme sin entenderme a pesar de mis dramatizaciones y gesticulación. Terminaba entonces los dos lados de la balanza frustrada, ellos porque no entendían nada, y yo porque no lograba sobrevivir una clase más allá de pedir sus nombres.
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Esta frustración es tanto porque me enfrento con una realidad de una educación de bajísima calidad cuyo resultado son pelaos que no piensan, que no quieren pensar, que no saben qué es esforzar su cerebro y que copian el tablero automáticamente sin preocuparse por entender qué están copiando y porqué, pero también es un frustración porque siento que soy un fracaso al no lograr guiar la clase lo suficientemente bien en inglés para que no solo me entiendan un poco sino para que les interese lo que estoy tratando de enseñarles, y que aprendan, pues ese es mi objetivo. Bajar la cabeza y decidir que tenía que revaluar mi apuesta de 100% inglés fue difícil. No lo voy a lograr así, me desgasto demasiado y el resultado son dos lados frustrados. Mi pauta tiene que ser ellos, y su lento ritmo de aprendizaje que responde a muchos años de atrofio cerebral y falta de estímulos que no puedo yo solventar en solo 3 horas de inglés semanal por curso, que realmente son 2 pues llegan 20 minutos tarde en promedio y mientras logro su atención, su silencio, perdí un hora.
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“Why learn English?” escribí en todos los tableros de mis salones. Me lo pregunto yo también. Además de que la globalización es una realidad inaludible, de que es el idioma más hablado en el mundo, de que abre oportunidades, de que facilita encontrar mejores trabajos y de estimular el trabajo intelectual el saber y dominar una lengua distinta a la materna, realmente es porqué debo enseñarlo? Debo enseñarles gramática? Debo enseñarles cómo defenderse con los turistas? Debo ser meticulosa en su pronunciación? Cómo puedo ser yo útil para lo que ellos necesitan? O debo enseñarles como yo aprendí en un colegio privado, donde sobraran recursos, en una ciudad, donde estábamos todos bien alimentados, en un espacio silencioso y propenso para el aprendizaje y donde tenía en mi casa una mamá que se quedaba incansables horas enseñándome con infinita paciencia cada palabra y cada letra hasta que yo pudiera volar sola y con la opción real, no esperanza ni anhelo, de viajar, de estudiar afuera si yo lo quisiera, de aplicar a trabajos bien pagos en el que saber inglés ya ni siquiera era una ventaja en competencia sino un requisito indispensable. Esa no es la realidad acá, no es y no será, entonces why learn English? O, how to learn English? O, What English to learn? O, English for what?
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Me he ido revelando a mí misma que no vine acá solo a enseñar inglés. Realmente esa es la excusa. Yo vine acá porque acá me necesitaban para algo que aún no he descubierto. “Seño uté no viaja el findesemana?” me preguntan mis pelaos, los demás docentes, el conserje del colegio, mis vecinos... El viernes a las 5:30pm, ahí si puntual, salen en un carro casi todos los docentes a Cartagena, donde la mayoría tienen sus familias y vida. Acá llegan externos por periodos cortos para el findesemana escapar y volver, o no volver. Yo no he sentido, en el mes que ya voy a cumplir acá, la necesidad de irme, sino todo lo contrario, de quedarme y poder estar, con todos mis sentidos, acá, para habitar y entender este pueblo que es ahora mi realidad. El viernes se siente viernes pues prenden esos picós a todos volumen desde las 6pm, hasta las 8am del lunes siguiente.
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El findesemana se trabaja más en el pueblo pues muchos nativos vuelven de sus trabajos oficiales como constructores en los complejos hoteleros cercanos o desde Cartagena y están en sus casas, aprovechan para lavar ropa, lavar la casa, arreglar techos, parchar con los vecinos, y yo también. Tengo el afán bogotano, que es tan difícil de abandonar, de poder organizar bien mi casa ya. Que nos instalen el prometido mesón de la cocina que no dijo el dueño de la casa que estaría listo hacía dos semanas y no tener que cocinar en una mesita que nos prestó el colegio, lavar platos en el piso y guardar cubiertos y comida en cajas. De tener una buena mesa donde planear mis clases cómoda y dónde comer, de tener un closet que no esté a punto de desarmarse y una cajonera donde meter mis útiles y materiales escolares y dejar de vivir con mis cosas en el piso. Quiero sentirme organizada y tener mi espacio limpio, bonito y cómodo y me ha costado mucho trabajo entender que los tiempos de la isla son otros, que si quiero el mesón debo estar detrás del dueño de la casa puyándolo que cumpla. Que si quiero limpiar el patio trasero me toca a mí coger pala y escoba y arreglar los escombros yo porque el que me iba a ayudar no lo va a hacer a menos que yo le mueva las manos. Que si quiero recoger mis tanques de agua para abastecer los baldes de mi casa debo ir yo por ellos pues el de la carretilla a veces llega, a veces no.
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Traer las cosas que nos hace falta de Cartagena es una logística muy compleja, desgastante y cara. He intentado construir los muebles que nos hacen falta y buscar cosas recicladas para ir armando la Casa de Profes, como la marcamos con una letrero de madera pintada de amarillo colgado con una cabuya en la puerta de la casa. Frente vive Lucho, un carpintero que trabaja en un hotel que estan construyendo cerca. Es un chocoano que se enamoró de una barulera y terminó viviendo acá con sus dos pelaítos. Ha armado un pequeño taller de madera en su patio. Llegamos por la noche, después de salir de clase, a preguntarle si le interesaría construirnos un zapatero para la entrada de la casa, un armario para mi pues el barato que compré se ha estado destruyendo y una mesa para comer y trabajar. Prefiero pagarle a él que a Homecenter y lo que me cuesta traerlo. Nos dijo que sí, que Barú necesita de profesoras como nosotras, que gracias por estar acá que él quiere que sus pelaos sepan leer, escribir y matemáticas pues él ha notado que los baruleros no saben, que en chocó es mejor la educación. O es que tienen más ganas de salir a adelante, nos pregunta. Que por favor le tengamos paciencia que él nos hace todo eso pero que él trabaja mucho y no tiene tanto tiempo, pero que él lo hace.
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Elisa se quedó conmigo el findesemana, llegó su novio cartagenero a la casa y organizamos un plan para irnos con otros 4 docentes que se quedaron, a las islas del rosario. Salimos el domingo temprano entre los manglares del “caño del ahorro” que se llama así porque los pescadores descubrieron que salir por ahí les ahorra media hora para llegar a donde podían pescar y en 15 minutos llegamos a estas majestuosas islas entre siete colores de mar. A pesar que está rodeado de playas, solo son unas cuantas las que se pueden disfrutar, pues el resto son “privadas”, y terminamos siendo un montón de turistas hacinados en la playa entre los vendedores nativos que se guerrean precios ridículamente caros para vender productos que no cuestan ni un cuarto de lo que cobran. Decir que somos profes, que vivimos en Barú y que, a pesar de nuestra incamuflable aspecto físico, no somos ni turistas ni tenemos mucha plata ni nos vamos a dejar tumbar, ayuda para conseguirnos un almuerzo a 10mil y no a 80mil. Fue igual una escapada deliciosa, nadé, me asolié y me ayudó a recordar en el sitio tan paradisiaco en donde estoy viviendo. Volvimos temprano para planear clases y prepararnos a otra semana.
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Caminando a la casa devuelta me encontré con una chiquita, Cheidi, que le encanta estar metida en la casa, de buscarnos cuando no estamos y de abrazarnos cuando nos ve. “seño me gu’ta que no se vaya el findesemana”. A mí también.
Barú
Barú, Cartagena.
30 de Enero 2018
Llegó el Tigre en su carro rojo que de su estructura original queda poco. Con dos, de los 8 dientes, de metal nos sonrió al decirle a Elisa “ajá seño tamos listos” una hora más tarde de la hora acordada. Elisa, la seño de los manglares, es una ECO (profe de Enseña por Colombia) paisa, ya lleva un año dictando ciencias naturales en el colegio de Barú y logró una transformación en la relación de los habitantes de la isla con sus manglares, “ellos ya identifican las especies de mangle”, ha recibido apoyo de la fundación de Argos, se ganó un premio por su proyecto STEM (science, tecnhology, engeneering and mathematics proyects), y quiere que en un año, al irse, sean los pelaos y su comunidad la que cuide esos mangles de su aparente abandono. “Tigre, hola! Volví! Esta es la nueva seño de inglés, Mari”. Soy yo.
Montaron, no entiendo sé cómo, nuestros colchones, las maletas, cajas, almohadas, baldes, mercado, huevos y botellones en el carro rojo y nos subimos las dos. Recogimos a la seño Conse, lleva XX años de profesora en el colegio, la adoran y veneran. Pronto me enteraría que esta seño Conse es la clave para mi bienestar, el de la comunidad y del colegio. Me abraza. Se monta con sus cajas y maletas. Recogemos a Faber, conectado a su mp3 y cantando en una especie de inglés las canciones de Rihanna y Ed Sheeran. Se monta en la mitad de una vía principal con sus dos maletas. Llegando a la terminal para salir de Cartagena vía Barú recogemos a Amalia. Una paisa caleña que aparenta mucho menos años de los que tiene y llegó a esta isla a buscar aventura en qué invertir toda la energía que aún le sobra. Y el mismo carro rojo arrancó.
La paradisiaca Isla de Barú es conocida por sus hoteles boutique, clubes náuticos, condominios de millonarios y casas de recreo con motos acuáticas, yates y catamaranes. Pero también es tierra de tres corregimientos en los que brilla la ausencia y abandono estatal, que hace 4 años no tenía acceso vial y solo dos de ellos cuentan con acueducto pero no alcantarillado. El prometido puente, que dividió su población entre los que se oponían a su construcción por las amenazas e implicaciones que traía el fácil acceso y quienes lo anhelaban como única esperanza de prosperidad y comercio, 4 años después de construido deja un saldo más negativo que positivo para los dos corregimientos que “beneficia” pues ha traído más pobreza, delincuencia, drogas y conflicto que su población no estaba preparado a recibir.
El pueblo Barú queda casi al final de la larga isla y está aislado de los otros dos corregimientos por Playetas, un tramo de 2 km de playa y mangle apto sólo para 4x4s cuando la marea está baja, el carro rojo del Tigre con todo ese equipaje pasó esta vez sin vararse, pero hay otras que se queda ahí toda una noche. Este aislamiento ha permitido que Barú Barú, como le dicen, siga siendo rural, sin acueducto ni alcantarillado, ni puesto de salud, pero con muchísima más tranquilidad. Su localización le ha significado acceso a riqueza de otras fuentes como comercio y turismo, no desde el continente sino desde el mar, y ha permitido la continuidad de sus tradiciones, saberes y mística a pesar de la inevitable influencia externa. La leyenda dice que hace miles de años llegó un español a este pueblo y con él su familia. Construyó casas grandes de madera, que aún perduran, y vivió muchos años esclavizando y evangelizando, o al revés, a sus habitantes. Huyó devuelta a España vendiéndole la tierras a cambio de su libertad a quienes le habían trabajado y se firmó así una de las pocas escrituras colectivas. Hoy de esa leyenda queda la casa amarilla, la azul, la blanca y la rosada y unas familias ya esparcidas que se cree son las dueñas del terreno colectivo y por tanto son de mayor jerarquía entre la comunidad de 3,800 habitantes.
Entre calles sin pavimentar, casas de colores, basura, mangles, perros y coral seco está un edificio amarillo y rosado al lado del muelle que es el colegio. Tiene dos pisos y salones con nombres marinos como “Mariamulata”, “caballito de mar”, “barracuda”, “isabelitas” y el mío, de 10º, que es “coral de piedra”. La Alcaldía de Cartagena, con ayuda de la Fundación Corona lo fundó en 1996 y es, hace 20 años, administrado por la Fundación Fé y Alegría. A unas tres cuadras, o cuatro dependiendo de por cuál metida se coge, está la casa donde vivo con Elisa y Erwin, un vallecaucano de Palmira que después de Eco en Barranquilla dos años será coordinador con Fe y Alegría de nuestro colegio. Es una casa blanca nueva, vacía, al lado de la señora Victoria, una de las lideresas del pueblo y las cocineras de los almuerzos de los profes. La casa aun no tiene puertas en los cuartos, ni cielo raso, ni muro atrás, ni cocina. Pero funciona muy bien. Mi cuarto tiene ventana a la casa de atrás donde vive un perro amarrado que se lamenta por las noches y me da ganas tanto de consolarlo como de matarlo.
Sami es el primer rector de la Institución Educativa Luis Felipe Cabrales que es barulero, lo que tiene un poder gigante para los estudiantes pues lo ven como un ejemplo y una referencia alcanzable. Es también líder la comunidad y sueña con graduar pilos del colegio y hacer de Barú un ejemplo de colegio. Pero es una tarea difícil. Acá hay plata, los niños están vestidos, la mayoría bien alimentados y no se ve miseria. Muchas familia son cuidanderas y empleadas de las fincas y casas de recreo alrededor de la isla y el turismo ha mantenido a la población bien en términos de dinero que no falta pero tampoco sobra. La educación entonces toma un lugar muy lejos del primero en las prioridades de los baruleros. ¿Qué significado tiene ponerse a estudiar si ya viven bien? Ese es uno de los retos. Entre tantos otros, como es el malabarismo que debemos hacer con el disminuido e insuficiente presupuesto de este año el cuál prevee la contratación de solo a 23 docentes cuando hay 25 cursos. Lo que, inevitablemente, implica una labor apoteósica de cada uno de nosotros en triplicar nuestras capacidades y manejar una carga de más de 30 horas de clase semanales, darlas bien y comer, dormir e ir al baño.
A las 8pm del sábado mi casa estaba llena de pelaítos chismoseando y revoloteando la casa de la seño Elis y la nueva seño de inglés. Vieron que estaba un poco enredada tratando de armar un closet sin instrucciones que había comprado en el Gigante del Hogar de la plaza Bazurto y empezaron a pegar palos “seño no se preocupe que lo hacemos nosotros” y terminaron haciendo una especie de castillo muertos de risa que dejaron botado porque ya tenían que irse pa la casa. Y masomenos a esa ya sonaba el picó, unos parlantes gigantes que proyectan champeta a una salón abierto, pero realmente suena por todo el pueblo. Vine a entender, después de maldecir que el picó no paró en toda la noche y mañana del día siguiente, que la cultura del picó es una herencia de rituales afro de sentir el retumbar de los tambores y percusiones en el cuerpo para entrar en una especie de trance corporal. Hoy la champeta y el pico no es lo mismo de lo que era su origen, pero sigue siendo parte fundamental del pueblo.
Pasé la noche del domingo en vela. Todas las articulaciones las sentía pegadas e insoportable dolor de huesos y cabeza, tuve diarrea toda la noche y no podía abrir los ojos. Tenía viaje en carro a las 5am a Cartagena para hacerme unos exámenes médicos laborales y trámites notariales para el ingreso como empleada docente a la Fundación Fe y Alegría. Lloré en silencio durante la hora y media de trayecto. Al entrar al centro de exámenes me encontré con mis compañeros de Enseña por Colombia que debían también hacerse los exámenes y me dijeron que estaba amarilla. Amarilla me sentía. Decidí abortar ese trámite pues igual los resultados saldrían alterados y me fui a la otra punta de Cartagena, al Hospital en Bocagrande. Sentí que me iba a desmayar en el camino y quería que alguien me abrazara y me dijera que iba a estar bien. Llegué a urgencias y me preguntaron “está sola?” y me dieron ganas de responderle “porfavor no me lo recuerde”. No sé cuántos años tuve que esperar a que me atendieran y me dijeran que mi síntomas parecían indicar que tenía dengue. ¿Dengue? Dengue. Ah ya. Me sacaron sangre y me inyectaron el glorioso suero intravenoso con analgésicos. No era Dengue, pero si un virus que bajó mis plaquetas y me recuperaría en unos días. Que me cuidara. Si, ya sé. Me sacaron el catéter y que me podía ir, qué si estaba sola. Que sí.
Me fui a buscar un taxi con afán de alcanzar a hacer los trámites de la notaría pues debía llegar a Barú porque en Cartagena no tenía donde quedarme. Hay cosas que uno jamás quiere que le pasen, menos en una ciudad nueva, menos solo y menos estando enferma. Pues mi estómago no me dio la oportunidad de no tener que vivir eso y me hice popo en los pantalones. Si. En los pantalones. Sola en una calle de Cartagena el virus no me concedió el tiempo para llegar al baño. Me metí en un baño a llorar. Me sentí miserable. Lavé mis pantalones, los sequé como pude y me los puse. No alcancé a hacer la vuelta de la notaría pues cuando llegué, 25mil pesos y hora y media de taxi después, me di cuenta que había dejado la cedula en el hospital. Le lloré a la Notaria. Respiré profundo y me monté en otro taxi otra vez a Bocagrande. Euclides, el taxista, me consoló. Me dijo que era el lanchero de una familia rica de la punta de Barú y que para lo que necesitara él me ayudaba y que me iba a cobrar la mitad de la tarifa. Valió la pena haber dejado la cédula. Ya era de noche. Llamé a otros Ecos que me hospedaron y el día siguiente hice, con un poco más de fuerzas y menos dolor, los trámites que me faltaban y arranqué a Barú.
La clases empezaron el lunes, pero los pelaos toman la determinante decisión de que empiezan una semana después. Porque ajá. Y los profesores aceptan esa decisión como una oportunidad para ajustar horarios y organizar la inconmensurable carga académica de cada uno y cubrir los huecos que el poco presupuesto deja. En esas estamos. Y yo absorbiendo el ritmo de esta isla, que implica abandonar el afán con el que vivo en Bogotá, bajar a 0 mis revoluciones pues acá se mueve todo al ritmo de las olas. Me siento en Macondo donde en la casa amarilla venden el hielo, donde me baño a totumazos y reciclamos hasta el agua de lavarse los dientes. Y muero de ansias por empezar mis clases, ya los pelaos del pueblo me saludan y me preguntan si soy muy cuchilla en inglé. Yo creo que con una carga de casi 350 estudiantes y 30 horas semanales no me dará tiempo para ser cuchilla. Solo espero poder dar abasto y darles lo mejor de mi.
Estoy sumergida en un realismo mágico en el que, espero, pronto olvide cómo diferenciar lo mágico de lo real.
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